Los Mundos Musicales de Ramin Djawadi La música como un hermoso lenguaje de comunicación (II).
Segunda entrega de la serie sobre la música como lenguaje de comunicación. Este artículo se centra en el ritmo
ARTE


Los Mundos Musicales de Ramin Djawadi
La música como un hermoso lenguaje de comunicación (II).
Al principio, fue el pulso.
Y vio el hombre que el pulso era bueno.
Y lo llamó ritmo.
Jesús Pérez
Al principio fue el pulso. El latido del corazón en las entrañas de una madre, aquel fonolito alertando sobre un inminente peligro, el jugueteo con los huesos junto a la hoguera, los troncos huecos que comunicaban a las personas en lo profundo del bosque,… Al principio fue el pulso, sí. Pulsos distribuidos de determinada manera en el tiempo y transmitidos en forma de onda sonora a través de un medio propicio. Y vio el ser humano primitivo que aquello era bueno… y lo llamó ritmo. Y en torno a este ritmo creó un mundo maravilloso.
Pero el ritmo no es exclusivo del sonido, también existe, por ejemplo, en una sucesión de imágenes pues podemos decir que una película o un cómic tienen determinado ritmo, también una obra literaria, ya sea prosa o poesía, lo tiene... No obstante, y antes de ver, el hombre escuchó.
Es curioso que, culturalmente, asociemos objetividad con imágenes. Es lógico que en un mundo con mucha luz la capacidad de ver a un posible depredador desde la distancia pueda ser cuestión de vida o muerte y, por tanto, hayamos primado desde tiempos remotos este sentido sobre otros como el tacto, tan cercano, tan íntimo… o el oido, el cual abarca un ángulo de 360 grados a nuestro alrededor pero sigue siendo, generalmente, más próximo que la vista. Y sin embargo, sabemos que la vista nos puede fallar; ese mismo depredador estando oculto puede saltarnos encima y devorarnos si no somos capaces de oírlo previamente. También es cierto que lo que a nuestros ojos se nos puede presentar como una cosa en realidad puede ser otra. Es más, si cambiásemos el medio en que vivimos, por ejemplo, a las profundidades abisales de La Fosa de Las Marianas o al interior de una cueva entonces, la vista, no tendría la misma importancia para nosotros. “La necesidad crea el órgano” y para nosotros sería más práctico y objetivo en esos casos disponer de un órgano capaz de utilizar las ondas acústicas y su reflejo como medio de ecolocalización como poseen los delfines o los murciélagos por poner dos ejemplos. Si fuésemos capaces de pasar entre las aspas de un ventilador en movimiento como es capaz de hacerlo el murciélago, si tuviésemos tal precisión, el sentido al cual calificaríamos de objetivo sería el oido y no la vista.
Pudiendo ver, una imagen es impactante, rotunda y expone algo con mayor o menor claridad ante nosotros. Una pieza musical, sin embargo, se nos antoja en principio como más interpretable pero como sucede con todo y también con las imágenes, esa interpretación depende de nuestra posición. Posición en dos sentidos, en el físico y en el ideológico. Podemos ver una fotografía de una manifestación tomada a bocajarro contra la primera línea de pancarta y pensar que es una multitud mientras, tal vez, una toma aérea del mismo evento nos revele una realidad muy diferente, podemos, por otro lado, interpretar que estamos ante un colectivo que lucha por conseguir determinados derechos… o interpretar que estamos ante una panda de vagos…. Y, ya en este último caso, sería la misma imagen.
Una pieza musical nos hace vibrar por dentro. Lo tiene fácil, ya que en sí misma se compone de ondas sonoras; y nos hace vibrar posiblemente como ninguna imagen lo haga y por tanto, a la famosa frase (con la que no estoy de acuerdo dicho sea de paso) “Una imagen vale más que mil palabras”, hoy se me antoja que le falta algo… le falta “pero la música puede hacernos sentir más que mil imágenes”.
Y, aunque pareciera que lo anteriormente tratado no viene a cuento del tema que nos ocupa que es la obra de Ramin Djawadi, creo que era necesario; a fin de cuentas es de ritmo… y de otras cosillas relacionadas de las que vamos a hablar precisamente.
Porque la llamada música occidental ha desarrollado un sistema armónico muy potente pero, en el camino, digámoslo así, se olvidó un poquito del sistema rítmico y ha sido precisamente la incorporación de músicas tradicionales de otros pueblos y de compositores de procedencia o con fuertes influencias de los sistemas y estilos musicales africanos, orientales, americanos… lo que ha venido a enriquecer la música de nuestro continente. Podríamos aquí citar a muchas nuevas promesas que están aportando su granito de arena pero debido a las limitaciones de espacio nos centraremos en Ramin Djawadi, quien nace en Alemania siendo de procedencia germano-iraní y ha trabajado con Klaus Badelt y Hans Zimmer.
Su música rezuma potencia, delicadeza, emoción y expresividad por los cuatro costados. Y hasta aquí sus datos personales porque de pronto…
Una guitarra eléctrica enérgicamente ejecutada por Tom Morello comienza a sonar y por unos breves segundos parece remolonear que sí, que no, que me arranca, que no me arranca…. Y justo entra la percusión y como si de un viejo motor atmosférico se tratase sentimos los gases producto de la combustión y desde ese controlado caos sonoro se eleva una guitarra que no es otra cosa que los servos de una gigantesca pierna mecánica dando el primer paso y una gran mole de acero, una cosa enorme y pesada comienza a desplazarse y hasta vibramos con la simulación de bocina de barco que resuena en nuestros oídos. Es Gipsy Danger señoras y señores y sí, a pesar de habernos indicado previamente que usaba energía nuclear sentimos cómo funciona de maravilla la imagen sonora tan retro que se nos presenta. No lo podemos evitar, está en la memoria colectiva y de esta forma Ramin Djawadi en compañía de Tom Morello (Rage Against The Machine,
Audioslave…), Nick Glennie-Smith (Home Alone 3, The Man in the Iron Mask…) y Jasper Randall (The Darkest Nights, The Tomorrow War…) nos muestra la nítida e impactante imagen de un gigantesco robot marchando al combate.
El maestro John Williams tras una breve entrada de metales y percusión como si de un deslumbrante amanecer zoroástrico se tratase se detiene, por digamos una centésima de segundo, para comenzar de nuevo. No, no se había equivocado y necesita recomenzar, es que los contrabajos están preparando un despegue que inmediatamente será apoyado por los violonchelos y luego los violines y la sección de flautas para lanzar de nuevo la percusión y finalmente los metales y toda la orquesta en un empuje imparable ante el cual nihil obstat. Porque no, no es un pájaro ni es un avión; es…. Superman. Y como tal, una fuerza de la naturaleza a la que nada puede oponerse. No hay más que escucharlo. Si tan sólo viésemos un tipo en leotardos y con los calzoncillos por fuera intentando dar un saltito para volar hasta nos podría entrar la risa floja pero alguien, sin duda un maestro, nos lo ha descrito mucho mejor.
Pero volvemos a Djawadi y como el cine de super héroes está de moda quiero brevemente comentar otros casos simplemente por el mero hecho de resaltar determinadas características particulares. En el tema principal de The Eternals, y tras una breve introducción de 55 segundos en la que se nos transmite la imagen de una labor oscura, subterránea, silenciosa, constante y prolongada, tal cual pequeño topo laboriosamente excavando, se lanza la orquesta con una melodía muy solemne que contrasta con una percusión potentísima que realmente son puñetazos en una mesa indicándonos que la
cosa tiene peso. Mientras la melodía nos dice: “es una misión sagrada la que tenemos entre manos”, la percusión remacha: “esto es muy serio y no nos detendremos ante nada, esta no es una mision para detener a un simple ratero; ni siquiera el mindundi de Thanos nos va a desviar”. El conjunto es imponente. Por cierto en la misma banda sonora de la película, quiero
resaltar hoy dos bellísimos temas; el relajante, melancólico y asertivo Mission y el exótico, fresquísimo y sensual Nach Mera Hero. Una delicia escucharlos.
Pero no quiero despedirme de este género de superhéroes sin citar al menos otra banda sonora perteneciente a una película, The Great Wall, que, y aunque se puede decir con toda razón que no es del género, se me antoja enfrentarla a las anteriores ya que no podrían ser calificadas de otra forma aquellas combatientes de la unidad Grulla que en su momento estuvieron dentro de los aros. Aros que volvían una y otra vez vacíos y ensangrentados tras enfrentarse a los Tao tei. Comienza la pieza con un canto coral, lento, pausado, firme y al unísono que nos presenta una imagen de responsabilidad, servicio y sacrificio por los demás. Y es allá cuando han transcurrido un minuto y treinta y seis segundos que tras un brevísimo silencio entra la percusión y las cuerdas y tras ellas de nuevo el coro. Siempre en armonía por más que la percusión golpea muy fuerte y las cuerdas nos dibujan un turbulento mar crispado de vicisitudes y dificultades pero ante todo y sobre todo, las voces continúan sin perder la compostura; hacia adelante, siempre adelante en su misión de proteger al pueblo que está tras la Gran Muralla. Y aunque hablamos de ficción personalmente prefiero a estas heroínas que se lanzan a darlo todo por la mayoría, que viven y mueren juntas sin contar con un multiverso cuántico salvador, cosa que ya tiene mérito en estos días.
Nos alejamos de la épica anterior para adentrarnos en plena sabana con el prólogo de Elephant, bellísima fusión de ritmos y melodías de África con la música occidental. También, en esta línea, podemos deleitarnos con la banda sonora del documental African Safari 3D la cual hace gala de una exquisita y nítida instrumentación. Y ya que hablamos de instrumentaciones cuidadas hasta el máximo detalle apuntar a la música de una peli de animación cuyo tema principal, Robinson Crusoe, es también el nombre del filme. No podemos menos que recomendar su audición.
Fuera ya de las películas y documentales podemos citar la música compuesta para la Expo de Dubai en 2020; en concreto para el espectáculo de luz, agua y sonido que es el Fountain Show. Increíble en imágenes, increíble en sus juegos de luz y agua, increíble en la delicadeza de su música.
Puede verse algo de ello en Youtube. Disco definitivamente imprescindible para los amantes de la música este Surreal del que, por no citar más nosotros traemos aquí tan sólo tres temas Surreal Overture, Surreal Waltz y Surreal Adagio.
Es Djawadi compositor de bandas sonoras de muchas más películas, de series archiconocidas como Westworld, Game of Thrones, Jack Ryan, de videojuegos…. Y sobre todo ello vamos a pasar de puntillas porque a cada una de estas obras le correspondería un espacio propio y aún así, nos quedaríamos escasos.
Pero tenemos que cerrar este artículo y para ello volveremos al principio por así decirlo. En la serie de televisión Westworld, Djawadi utiliza de base una canción de los Rolling Stones (Paint It, Black), la que prácticamente recrea y le da un aire de película del Oeste en una escena en que se perpetra un atraco coordinando, la dirección de la serie, al milímetro el ritmo de las imágenes cinematográficas con el ritmo de la música tan magistralmente que logra conseguir en nosotros un estado especial de asombro y excitación. En esta escena podemos disfrutar de ese trabajo en común de los sentidos de la vista y el oído. No sólo no son enemigos, ni siquiera son rivales, ni siquiera compiten entre ellos… sino que se complementan y refuerzan mutuamente produciendo en nuestro cerebro sensaciones y estímulos increíbles.
Como seres equilibrados que somos, tenemos el conjunto de sensores que nos permiten obtener una representación lo suficientemente fiel del medio en que nos desenvolvemos. Los sentidos nos permiten acercarnos, afinar la captación del entorno que nos rodea y de nosotros mismos; interactuar. Por supuesto que también hace falta interpretar correctamente la información recogida por los sentidos y que a través de una comunicación electroquímica nos llega al cerebro. Necesitamos ajustar nuestra apreciación subjetiva a la realidad objetiva lo más posible para poder no sólo sobrevivir sino también avanzar, evolucionar. Y nuestra suerte, precisamente, es que no somos tan sólo sensores y cableado electroquímicamente comunicado a una masa de materia gris más o menos plegada sino que, gracias al trabajo y todo lo que el trabajo aportó a nuestra especie podemos ver, oír, percibir más allá de esos meros sensores; podemos escuchar la música de un paisaje y, por suerte también, podemos ver las imágenes que nos presenta una obra musical. A ese grado de dicha hemos llegado como especie. Esa es la grandeza del arte.
Jesús Pérez, 20230428
Publicado previamente en el número 1 de la revista Nossomos.
Revisado y corregido para la presente edición.
